Ensayo y error

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Hace tiempo publiqué una entrada dedicada a la incapacidad de las diferentes teorías económicas para resolver los problemas actuales. Escribía entonces que es necesario desechar viejas fórmulas y pensar diferente. Las teorías económicas "que funcionaban", tal y como las conocemos, han muerto. El período económico que conocemos viene a ser como la era de los dinosaurios: falta saber si la extinción será lenta o llegará por un cataclismo.

Quizás deberíamos aparcar por un momento las pretensiones macroeconómicas y bajar al terreno de soluciones menos ambiciosas pero factibles en el ámbito educativo, laboral, empresarial y normativo. Buscar pequeños efectos que actúen como catalizadores positivos y generen experiencias a imitar. Las acciones modestas pero persistentes dan resultados en el corto plazo y promueven nuevas acciones. Son, además, relativamente sencillas de ajustar y corregir.

En este sentido, una aproximación del tipo ensayo y error puede ser mucho más efectiva que las grandilocuencias a las que nos tienen acostumbrados los políticos de turno. No en vano es la manera en que la raza humana ha ido evolucionando durante siglos. Como dijo Ralph Nader , "tu mejor maestro es tu último error". A este respecto, les recomiendo encarecidamente escuchar este breve y magnífica charla sobre la cuestión que les acabo de plantear: "Ensayo, error y el complejo de Dios" Ah, y por favor: no se rindan, nunca.

Más reflexiones sobre lenguaje y política

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Hace tiempo reflexioné, en clave cuántica, sobre cómo el muy deficiente uso del lenguaje en política contribuye de forma importante al sombrío panorama económico actual. Mencionaba entonces un magistral artículo de George Orwell ("Politics and The English Language") sobre esta misma cuestión.

Orwell proporciona un ejemplo magnífico de lo que ocurre cuando el moderno lenguaje político se apodera de la realidad. Utiliza para ello unos versos del Eclesiastés, un libro cuya lectura recomiendo sin reservas, puesto que trata de verdades concretas y completamente actuales. Los versos (muy lúcidos, muy cuánticos) dicen así:

Los contratiempos imprevisibles 9:11 Además, yo vi otra cosa bajo el sol: la carrera no la gana el más veloz, ni el más fuerte triunfa en el combate; el pan no pertenece al más sabio, ni la riqueza al más inteligente, ni es favorecido el más capaz, porque en todo interviene el tiempo y el azar.
El mismo texto, reconvertido al lenguaje moderno, podría acabar siendo algo como esto:
Consideraciones objetivas sobre los fenómenos contemporáneos llevan a la conclusión de que el éxito o el fracaso en actividades competitivas no suele estar en proporción con las capacidades innatas, bien al contrario, un considerable componente de azar debe ser tenido en cuenta invariablemente.
Esto es: el pan mediático nuestro de todos los días.

Pequeñas motivaciones de andar por casa

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Una actitud positiva vale más que cien manuales de autoayuda.

El filósofo estadounidense William James afirmaba que los seres humanos, mediante el cambio de nuestra actitudes internas, podemos modificar los aspectos externos de nuestras vidas. Aunque no consigamos influir en todas las circunstancias que nos rodean, creo sinceramente en la idea expresada por James. El propio refranero popular lo corrobora cuando nos pide que pongamos buena cara al mal tiempo. Y es así.

Regresar al trabajo y al trajín cotidiano después de un merecido descanso vacacional forma parte de nuestra normalidad, y como tal deberíamos asumirlo. Sin entrar en circunstancias personales, que uno tenga salud y pueda trabajar constituye, ya de por sí, un motivo de satisfacción en los duros tiempos que corren. Una vez interiorizado este hecho, tan sólo hacen falta algunos empujones adicionales para arrancar la jornada de manera favorable. En este sentido, soy un firme defensor de las rutinas íntimas. Me refiero a esas modestas costumbres y satisfacciones que nos permiten calentar el motor vital y esbozar la primera sonrisa del día. Debemos cultivarlas y promoverlas.

En mi caso, siempre me levanto más temprano de lo necesario para poder asearme y desayunar sin prisas. Salto de la cama con buena disposición. Preparo la ropa que me voy a poner, bebo un gran vaso de agua y antes de ducharme dejo lista la mesa del desayuno, que en mi caso es copioso: un plátano, un bol de cereales, tostadas o galletas y café. Me afeito escuchando las primeras noticias del día y sigo con ellas en la radio mientras como con tranquilidad y curioseo las últimas actualizaciones en mi timeline de Twitter. Arrancar la jornada con parsimonia me ayuda a acelerar más tarde.

He aquí un pequeño ceremonial que funciona. Otros seguirán sus propias y efectivas rutinas; el objetivo es contribuir a la creación de una corriente positiva que nos ayude a sobrellevar las dificultades y obligaciones diarias. Dicho lo cual, siento una tremenda curiosidad por saber qué les funciona a ustedes.

Soñando en Gibraltar

Esta es la historia de un sueño cierto.

Recuerdo que me hallaba en Gibraltar, era de día y lucía un sol radiante. Llevaba en la mano una raqueta y una pelota de ping pong mientras ascendía por un pedregal. No me pregunten por qué deduje que aquello era Gibraltar. En los sueños uno no se cuestiona esas cosas: simplemente se saben. Tampoco estaba claro el propósito de acarrear la raqueta y la pelota. Tal vez una mesa y un contrincante desconocido me esperaban en la cima para jugar un partido al aire libre con vistas al Estrecho, entre macacos curiosos. Bueno, esta última reflexión es una mera conjetura que no formaba parte de mi sueño.

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El caso es que subía con dificultad y sin pensar en nada, concentrado en el ascenso, hasta que se me cayó la pelota, que se alejó rebotando cuesta abajo con ese sonido inconfundible de las bolas de ping pong. Era, además, el único sonido audible en ese momento. Plic. Plac. Plic. Plac. Plic. Plic. Plac. La caída terminaba al cabo de unos metros en una poza de agua cristalina, pero la pelota, en lugar de flotar, se hundió inmediatamente con un rotundo plof, como si fuera una esfera de plomo macizo. Otra de las particularidades de los sueños es que cada uno tiene sus propias leyes físicas.

Aunque la poza parecía profunda, podía divisar claramente la pelota reposando en el fondo, gracias a la extraordinaria transparencia del agua. Descendí hasta el borde y me agaché para tocar la superficie. Aquel líquido, que tenía la cualidad del vacío sin serlo, no estaba ni frío ni caliente; resultaba raro pero agradable al tacto. Me desnudé sin aprensión, dispuesto a bucear y rescatar la bola. Esta vez mi capuzón no hizo ruido alguno, fue igual que sumergirme en un charco de silencio. Siempre he sido buen nadador y en el sueño no había perdido tal habilidad, así que alcancé la pelota en pocas brazadas. No tenía la densidad del plomo, pero seguía sin flotar. Lo asumí sin extrañeza, demorándome unos instantes en el fondo. Miré a mi alrededor. Nada había allí reseñable salvo una paz que me resultaba ominosa. Tenía que salir y seguir subiendo por el peñón. 

Al emerger de la poza, mi ropa había desaparecido. Fue una mera constatación, ni siquiera pensé en la causa ni en los posibles culpables. Solo me preocupaba la desnudez; en tales circunstancias, no podía proseguir. Decidí buscar ayuda y empecé a descender, en cueros y con las rocas lastimándome los pies. Para mi alivio, conseguí llegar pronto a un chamizo con hechuras de chiringuito playero. No puedo afirmar que hubiera playa, porque mi atención estaba totalmente centrada en sus ocupantes, un grupo de chicas jóvenes y bonitas que parecían estar celebrando una despedida de soltera. Bailaban, reían y cantaban en bañador al son de una música indeterminada. Llevaban el pelo adornado con diademas nupciales y bebían cerveza. Me acerqué y saludé con cierta vergüenza, medio oculto tras una de las perchas de madera que sostenían el entoldado. Me miraron sin sorpresa ni aprensión, manteniendo el espíritu festivo. No me preguntaron nada, sólo sonrieron, como si mi presencia allí fuera lo más natural del mundo.

“Quiero encontrar un poco de ropa y llamar para que me vengan a recoger”, pedí. “Ropa no tenemos salvo la poca que llevamos puesta”, apuntó una de ellas, “pero te podemos prestar un teléfono, incluso acercarte donde quieras. Y también invitarte a una cerveza”. Sonreí encantado y les agradecí el detalle. “Con la llamada y la cerveza bastará”, respondí. Me alcanzaron una Coronita helada y un teléfono móvil de pantalla enorme, embutido en una aparatosa funda de pedrería. Tecleé feliz el número de casa. Estaba ya sonando el tono de llamada, cuando me di cuenta de algo: me hallaba completamente desnudo, en un desconocido chiringuito de Gibraltar (¿?), en medio de una despedida de soltera, bebiendo y rodeado de chicas guapas con ganas de fiesta. La pala y la pelota de ping pong habían desaparecido de la escena.

“¿Cariño, eres tú?”, escuché al otro lado de la línea.

Sólo entonces comprendí que el sueño acababa de terminar y estaba dejando paso a una casi segura pesadilla.   

La importancia de tener al día nuestros documentos financieros y últimas voluntades

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Hace ya unos años publiqué un artículo en Domestica tu Economía sobre la necesidad de tener ordenados, controlados y al día nuestros papeles y documentos financieros. Reflexionaba entonces sobre lo poco preparados que solemos estar (de hecho, no lo estamos nunca) para la terrible situación de perder inesperadamente un familiar, afrontar una penosa enfermedad o hacer frente a un accidente o fatalidad, algo que pone literalmente patas arriba nuestra realidad personal y, muy a menudo, también la financiera.

Aquella entrada de 2014 viene a cuento por el inesperado fallecimiento de Luciano, mi padre, el pasado mes de noviembre. Sí, Luciano, el protagonista de mi anterior entrada sobre presupuestos familiares, “Las finanzas personales en los recuerdos del abuelo”, gracias a quien pude hacer un recorrido por las finanzas personales de este país durante la posguerra y los años del desarrollo. Esos recuerdos, publicados muy poco antes de su muerte, quedan ahora registrados como el hermoso legado de un hombre cabal, a quien nadie le regaló nada en la vida y que vivió hasta el último momento con dignidad y salud para contarlo.

Luciano se nos fue en un suspiro, pero incluso después de fallecido nos dio una generosa lección sobre cómo dejar sus asuntos en perfecto estado de revista.

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"No está"

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Para Luciano, in memoriam

“No está”, me dije.

Así. En un instante, hurtado su cuerpo de la materialidad del mundo, arrancada su voz de mi partitura cotidiana, extinguido su olor en la frontera de las cosas. No estaba.

Se fue, pero nada se detuvo. La vida prosiguió inexorable para los que todavía permanecimos, nos negó el respiro de un dolor quieto y paciente, el consuelo de una foto fija ante la que suspirar hondo y ofrecer un adiós más consistente y mejor hilvanado. Nos aturulló con papeles y ruidos, nos acogotó con las rutinas administrativas de la muerte y un puñado de urgencias insoportablemente triviales.

No está, pienso ahora, y sigo braceando en el vacío, tratando de recrear una última caricia. Los silencios se llenan de palabras no pronunciadas, los pensamientos de intenciones nonatas y en cada esquina habita una certitud de ausencia. Su voz en el contestador me anima a responderle más allá de toda esperanza y su último correo en la bandeja de entrada cobra hechuras de epitafio. No está, pero nunca estuvo tan presente. Es entonces cuando me doy cuenta: no se ha ido.

Lo advierto camuflado en mi rutina mañanera ante el espejo, guiñándome tras alguno de mis gestos, tan suyos. Me acompaña discreto cuando observo el mundo, cuando disfruto de la música que a ambos os gustaba, cuando leo las últimas palabras de nuestros columnistas preferidos. Advierto con emoción como pervive también, rotundo, en los ojos de mi hija y en tantos otros afectos familiares. Siento su pulso en ese reloj preferido que ahora porto, y escucho en silencio su viejo consejo ante nuevos azares. El dolor parece así menos árido, una carga algo más mullida y confortable, aunque dolor al fin y al cabo.

Y no. No se ha ido.

Su materia ha estallado por doquier en cuantos de luz, en polvo de estrellas sobre objetos, ideas, sueños, querencias, transformada para siempre en parte inextricable de nuestra existencia, hasta que el universo quiera y nos olvide a todos.

No se ha ido.

Está, y Einstein era un puto genio.  

Memorias sobre finanzas personales

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Mi anterior post publicado en Domestica tu Economía analizaba, a través de la evolución de los presupuestos familiares españoles, el importante cambio económico que ha tenido nuestro país en los últimos 50 años. El artículo interesó mucho a Luciano, mi padrastro, pero más me interesó a mí la conversación que vino después. A sus 82 años, Luciano conserva una memoria prodigiosa, capaz de recordar con precisión nombres, cifras y detalles de hechos ocurridos hace muchas décadas. Decidí aprovechar ese don para compartir con los lectores un retazo de cómo eran las finanzas personales de aquel entonces. Sirva este artículo para completar el homenaje que hace tiempo escribí aquí mismo y que se convirtió en uno de los artículos más leídos del blog.

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La vida en las trincheras

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Tras los terribles ataques en Barcelona y Cambrils y de unos voluntariosos amagos iniciales de unidad, parece que estamos entrando en un final de agosto triste y canicular en todos los sentidos. Un período en el que volveremos a estar condenados a malvivir dentro de las trincheras ciudadanas, por culpa de un marasmo ético y político que nos retrotrae a las peores épocas de desencuentro patrio...

Leer el artículo completo en Ecoonomía de Crónica Global.